3 años

Hace poco menos de una semana celebré mi tercer aniversario como Misionera de Nazaret. No sé hasta que punto es adecuada esa formulación. Cuando me preguntan o me presento, digo que soy monja (técnicamente religiosa) en proceso. No es cualquier cosa, ese calificativo implica una gran diferencia en la concepción y tiene gran repercusión. De cualquier forma, hace tres años que entré a formar parte de la gran familia Nazaret, y si Dios quiere, seguiré echando para adelante.

Hace ya un tiempo que de vez en cuando me da por repetir ese “tres años” casi como si de un mantra se tratara, para interiorizarlo, para hacerme a la idea y creérmelo, porque es cierto, son ya tres años. Me sorprende y me agrada. Es mucho lo vivido desde entonces, y me siento transformada. Me veo más madura, más consciente de la realidad (más capaz de diferenciarla de la apariencia y el autoengaño), más consciente también de dónde me he metido, y algo más centrada en lo esencial. Poco a poco he ido haciendo camino para dilucidar qué es lo que quiero, qué me mueve, a dónde quiero tender. He ido reconciliándome con la soledad y con el silencio, a la vez que descubría el inmenso camino que me queda por recorrer con el silencio y que esa soledad tiene muchas caras, entre ellas la soledad habitada. Me he ido descubriendo acompañada: por Dios, y por mi comunidad y los “otros”. Dentro de mi unicidad he vislumbrado que sí soy diferente, pero también una de tantos, que hay algo intrínsecamente mío y cosas que se dan de forma distinta en cada persona, pero a la vez que no soy la única a la que le pasa x o y, o que se siente p o z. Y, últimamente en mayor medida, me he ido encontrando con ese “no estoy sola en el mundo, y eso interpela”. Hoy, particularmente, ha vuelto a impactarme un testimonio que giraba en torno a una idea que me ha ido apareciendo últimamente con mucha frecuencia. Desde esa primera afirmación que me sacudiría de pies a cabeza: “Nadie entra a la vida religiosa para divertirse”, hasta ese mensaje que me ha ido llegando uno y otra vez por distintas vías y que hoy volvía a tomar forma en ese testimonio que hoy se concretaba en la felicidad de una de las hermanas por la felicidad de otras hermanas. Es ese dar que da más felicidad que recibir, pero sobretodo más que dar es un darse. Apareciendo una y otra vez cual bumerán. Darse, el otro… Somos seres sociables que vivimos en sociedad, seres de y en relación. Y cada vez estoy más convencida de que Dios me está llamando ahora concretamente a un mayor descentramiento, a poner en el centro al otro en razón de Él.

En estos tres años he tenido mis buenas dosis de altibajos. Hace un par de días fui consciente de que no conocía la respuesta al cómo estoy actualmente. Creo que ahora lo tengo algo más claro. Vuelvo a definir mi momento actual como un tiempo de búsqueda. Ahora bien, tras escribir sobre ese descentramiento (que realmente considero una llamada importante) ahora veo que la búsqueda cobra otro matiz. Esa búsqueda está afectada por esa llamada. ¿Qué busco? ¿Qué espero?… ¿Que Te/le pido? De nuevo, no es indiferente hacia donde posiciono el foco. A riesgo de sonar egoísta total por no ser ésta la norma, quiero confesar que hace un par de días tuve un momento de lucidez especial, un momento de luz… experimenté realmente lo que es alegrarse por el bien del otro. Me hizo muy feliz ver a otra persona feliz. El bien del otro me colmó, aunque fuera solo un instante, en gran medida. Pude saborear un “me alegro por ti”, muchísimo más real y transparente que esa respuesta aprendida y dicha cual formulismo. Y veo que es una escalera de dos peldaños, de la envidia a la indiferencia y de ésta a la alegría por el bien ajeno. Fue un instante, pero ahora veo que fue un instante lleno de Dios y de su gracia. ¿Pido mi felicidad o pido el bien del prójimo?

Estoy descubriendo quién soy y quién quiero llegar a ser. Me viene a la mente la cita de San Pablo a los Romanos: “querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero”. Me sorprendo consintiendo a lo que no me beneficia. Pero recuerdo la imagen de la goma de caucho, hay todo un rango desde la laxitud hasta la tirantez que acaba rompiéndola, y dentro del rango se halla ese punto de equilibrio óptimo donde poder dar lo mejor de una misma. Por eso, quiero alimentar mis ideales, luchar por mis sueños. Y sé que Uno es el modelo y guía. Y sé que el encuentro y la escritura con los medios por el que conocerle y poder ir configurándome con Él. Una persona me dijo una vez: “no temas encontrarte con Jesús (…) Es verdad que puede herir, pero herir de amor, en palabras de Santa Teresa. (…) Es un buen tipo… Te puedes fiar de Él” y estoy más que dispuesta a dejarme encontrar, a abandonarme confiada en Sus brazos. Así que sí, Señor, con tu ayuda (te lo pido) me comprometo a estar atenta a tu voz para abrirte la puerta y que entres para que cenemos juntos.

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