Archivos Mensuales: marzo 2016

Contrastes y soluciones, la importancia del camino definido

A veces tengo la impresión de que el tiempo no avanza. Parece que me moviera a través de una atmósfera densa, como si el aire fuera gelatina. No avanza y sin embargo al final del día me encuentro con que el día entero ha pasado…volando.

Que bonitos se ven mis objetivos en mi mente; he construido castillos en el aire… Al final del día se desmoronan y quedan en nada. No comprendo.

A veces me siento nerviosa, inquieta, con un súbito “boost” de energía, es la manera como mi cuerpo reacciona ante algo que me ocurre a diario, el aburrimiento. Esta “falsa energía” y actividad degenera en pasividad, apatía y pesadez, cansancio.

Muchas veces me encuentro con este “aburrimiento”. Estas ganas de que el tiempo pase mas rápido, de pasar a lo siguiente, de cambiar… ¿En busca de estímulos quizás?

No lo sé. Generalmente este aburrimiento se manifiesta durante el rezo del Rosario, cuando voy en tren y el móvil se me ha quedado sin batería y ni puedo sepultar mi aburrimiento bajo la música o tontos jueguecitos. Y lo peor es que al yo ser ya consciente de esto me había propuesto convertir estos momentos de aburrimiento en momentos de oración y diálogo con el Señor. Pero no estoy cumpliendo.

De modo que sí, inactividad y aburrimiento. Entonces, ¿cómo puede ser que llegue al final del día y me quede con todo lo que me faltó por hacer?

Me avergüenza decirlo pero creo que el león se convirtió en gatito. He perdido el valor. ¿Miedo a fallar? ¿Miedo al fracaso? Siempre lo achaqué a que no tenia una buena organización del tiempo y las prioridades, pero creo que la causa principal es otra. Atrás quedó esa seguridad que lo encubría todo. Atrás dejé la filosofía de que nada era fracaso, todo aprendizaje. Echo en falta el desparpajo y las ganas de intentarlo aún sabiendo que no sé nada al respecto, que está todo por aprender pero que el “ensayo y error” todo lo solucionan. Si las cosas no salían no pasaba nada, había investigado un camino, aprendido de él y quedaban muchos otros por descubrir, todos interesantes. ¿Dónde quedó esa seguridad que todo lo dominaba y solía salirse con la suya?

Y ahora aquí me encuentro, incapaz de echarle sal a las patatas fritas por miedo a que queden saladas. Preguntando cada menudez no vaya a ser que no sea lo que los otros esperan. Temiendo empezar el problema de física no vaya a ser que no sea esa la forma de solucionarlo… ¿No era esa la gracia? ¿No es eso lo que yo amaba de la física y las matemáticas? Los enigmas, las posibilidades, el reto que suponían…

Y yo que no sé por donde empezar a estudiar. Con miedo a enfrentarme a lo difícil. Lo peor es que una vez empiezo me emociono y no quiero detenerme. Pero ¡qué difícil es empezar!

Mis castillos en el aire… ¿Cuál es la solución? En realidad es sencillo. Trazar un plan de juego. Darme un inicio, ayudarme en ese empujoncito inicial, pues el “continuar” para mí es sencillo. Tan solo debe darme ese punto de partida, marcar no sólo los objetivos sino también la trayectoria a seguir.  Como esa coletilla que encabeza todos mis oraciones y gran parte de mis reflexiones; dos palabras y un formato, un estilo y estoy lista para empezar, sin titubear pues sé que debo hacer a continuación.

Quizás así consiga evitar esa “gelatina” y ese “volando”. Planear, actuar. Sin miedo a las pausas, los silencios, la inactividad puesto que sé que habrá ese otro momento de actuar, sin dilación ni pérdida de tiempo. Equilibrio entre el hacer y el dejar reposar. Sin desperdiciar el tiempo de actuar ni sentirme culpable al parar y conectar en otras cosas. Al final todo es cuestión de eso, equilibro. Para ello debo sacar y darle brillo a mis herramientas, forjar la metodología y desbrozar el camino que me lleve del soñar el castillo, a poder construirlo y hacerlo real.

castillo3.png

Anuncios